“No hay un antes y un después en la defensa de la tierra”
Mirta Ñancuanao es la nueva vocera del Parlamento Mapuche de Río Negro. En la voz de Mirta late la historia de una comunidad y de un pueblo que le hace frente al avance de la frontera forestal con el monocultivo de pino -altamente combustible- y al saqueo de tierras indígenas y de sus recursos vitales…
Mirta Ñancuanao es la nueva vocera del Parlamento Mapuche de Río Negro. En la voz de Mirta late la historia de una comunidad y de un pueblo que le hace frente al avance de la frontera forestal con el monocultivo de pino -altamente combustible- y al saqueo de tierras indígenas y de sus recursos vitales que son la condición de su existencia.

Mirta usa anteojos violetas, jean elastizado y siempre está con un cigarrillo en la mano. Es parte de la comunidad Las Huaytekas: cinco mil hectáreas que se extienden desde la ruta 40 -a 90 kilómetros de Bariloche- hasta la cima del cordón Serrucho. Hay que cruzar el puente del río Foyel, pasar la entrada al centro de esquí Laderas y al final de la recta, enfrente a la despensa Delía está la casa de Mirta.
Tiene 64 años, cuida de sus animales, cultiva su huerta, hacha su leña para el invierno y el resto del tiempo es la vocera de la Coordinadora del Parlamento Mapuche de Río Negro. Con lo poco que sobra de sus 300.000 pesos de jubilación viaja a visitar las comunidades en conflicto, que son muchas, cada vez más desde que asumió el gobierno de La Libertad Avanza.
En enero de 2025 los consejeros del Parlamento propusieron a Mirta como nueva vocera junto a Hugo Aranea. A los pocos días de asumir su nuevo rol se desataron los incendios en Epuyén y El Bolsón y tuvo que salir a desmentir los dichos de autoridades nacionales que culpaban al pueblo mapuche de provocar el fuego.
Desde chica acompañó a su madre a reclamar por las tierras que ocupaba su familia desde el siglo XIX. “Nos venían corriendo el alambrado para sacarnos lo que era nuestro –dice Mirta-. Mi madre luchó mucho como fiscalera. En ese momento no teníamos derechos como pueblo originario”.
Mirta heredó esa lucha, pero esta vez contra el avance de la frontera forestal. Una vez conformada la comunidad Las Huaytekas en 2005, no dejó de denunciar la actividad forestal como una forma de quitarle la tierra a los pueblos originarios y transferirla a los especuladores privados.
Dos veces fue acusada por usurpación.
Dos veces fue sobreseída.
Desde 1970 la provincia estimuló la producción industrial de pinos en la cordillera cediendo o vendiendo tierras fiscales a montos irrisorios a empresarios forestales. En 2008 José Luis Zilberberg -incumpliendo con las condiciones de forestación a los que estaba comprometido- obtuvo el título de propiedad sobre 200 hectáreas ubicadas dentro del territorio comunitario y la aprobación de un proyecto turístico a cargo del Consorcio Parcelario Solares de la Comarca.
– ¿Qué no hicimos para qué no entren? -dice Mirta-. Armamos festivales, celebramos camarucos, ocupamos de forma pacífica edificios públicos, pusimos una tranquera…Yo hacía guardia 24/7. Entraron igual.
Camiones, maquinarias y motosierras traspasaron la tranquera, desmontaron el bosque nativo y levantaron 30 cabañas de las 60 que tenían planificadas. Los comuneros temían que tanto movimiento de tierra afectara al Cipresal de las Guaitecas, la fuente de vida y de espiritualidad de la comunidad.
El empresario, que vive en Caleta Olivia, denunció a la comunidad por usurpación y exigió su desalojo en 2010 y en 2020. La justicia penal no hizo lugar a la demanda.

Cipresal de las Guaitecas
El mallín alto nutre a una comunidad arbórea única: el ciprés de las guaitecas, el ciprés de la cordillera y el alerce. Esta coexistencia milenaria no se repite en ningún otro lugar de la región. Allí se reúnen las fuerzas del territorio Allí la comunidad levantó su espacio ceremonial.
–Itro fill mogen tiene un sentido más amplio que la palabra biodiversidad –dijo Mirta-. Abarca todas las vidas, las que vemos y las que no vemos. Para nosotros, la piedra, el río, las fuerzas y los seres que nos acompañan tienen vida. Todos estamos en la misma jerarquía, existe una relación de reciprocidad con la naturaleza.
Esta cuenca subterránea está amenazada por la invasión de pinos. Esta especie exótica -altamente combustible- absorbe siete veces más de agua que las plantas nativas. La parte noroeste del mallín fue talada para introducir pinos en el marco del Plan de Colonización Forestal de la provincia. En el 2000 la empresa Emforsa, de capital estatal y privado (El Foyel S.A. y Hidden Lake S. A.) fue beneficiada con 289 hectáreas que luego vendió al presidente de la empresa y propietario de un lote lindante a la comunidad.
En 2005, esta zona se designó área natural sin la consulta previa ni participación de la comunidad. Estas inconsistencias en la letra de la ley son las que denuncia la Lofche Las Huaytekas.
En 2010 la comunidad interpuso una medida cautelar y la justicia ordenó paralizar las obras. Finalmente Silverberg abandonó el proyecto por denuncias de irregularidades en la contratación de la mano de obra. “Los trabajadores no tenían documentos –dijo la vocera-. No les pagaban, los dejaban sin comer. Eran casi esclavos-.
Ahora, muy cerca del cipresal, se asoma una villa turística en ruinas. La gente se fue robando parte de las cabañas. El viento y la lluvia abrieron paso a un matorral de pinos que se tragó lo que quedaba.

El regreso de los ancestros
Este territorio guarda los restos de Margarita Foyel, hija del cacique Foyel, uno de los últimos caciques que resistieron la campaña militar de Julio A. Roca. Secuestrada en 1884 y llevada como prisionera al museo de Ciencias Naturales de La Plata. Vivió tres años cautiva en una vitrina. Cuando murió, su cuerpo fue despellejado y sus huesos fueron exhibidos como piezas de una mujer salvaje.
130 años después, un 11 de octubre, el último día de libertad de los pueblos originarios, una gran caravana acompañó su regreso al lugar de origen. Se necesitó una noche entera de vigilia para cuidar su espíritu hasta que en el amanecer sus restos fueron enterrados en el paisaje que la vio nacer.
Antonio Valle, bisabuelo de Mirta, también fue arrancado de su tierra a los 14 años. Durante la campaña del desierto mataron a sus padres y hermanos y a él se lo llevaron cautivo. Fue adoptado por el general Valle y cuando obtuvo su libertad volvió a su lugar y no encontró a nadie de su tribu. En compensación por su trabajo en el ejército le dieron 625 hectáreas en esta zona de la cordillera.
–Todas estas injusticias te van endureciendo –dijo la vocera-. Mis hermanos me decían: Andá vos a hablar, vos tenés cara para decir que no.

Marcar un camino
-Pewkayal -saludó Mirta a sus vecinos de la comunidad Inalef que estuvieron toda la tarde ayudando a armar un corral para poder despuntar los cuernos de las vacas y marcarlas. Pewkayal quiere decir “hasta que nos veamos otra vez”. Mirta entiende el mapuzungun pero no lo habla fluido. Lo aprendió de grande. Su hija Elisa se capacitó con maestros de mapuzungun y enseña la lengua y la cultura mapuche en las escuelas rurales del Foyel y la 150 “Tres puentes arriba”.
La luz del atardecer parecía desafilar la cima dentada del cerro. Las ovejas bajaron del monte. La perra pastora las esperaba en la entrada de la casa, vigilando a la perra negra. Cuando las ovejas se acercaron, la perra negra se puso a ladrarles. La pastora se interpuso entre ella y el rebaño, cuidando que no se acercara demasiado, hasta que pasó la última. Luego las siguió hasta el corral.
Una y otra vez, Mirta se interpuso entre la línea de motosierras y el territorio. ” No hay un antes y un después en la defensa de la tierra -dijo la vocera-. Siempre hubo que reivindicar los derechos del pueblo mapuche. Es un movimiento continuo y en ese andar dejás marcado un camino”.
Por Verónica Battaglia
Foto portada: Gentileza Canal abierto
Equipo de Comunicación Popular Al Margen
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